Ozogoche: la comunidad como ave migratoria
- 3 dic 2024
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Por Christian Espinoza Parra
Después de surcar 5.365 Km, desde Norteamérica a Ecuador, los cuvivÃes se zambullen entre las lagunas de Ozogoche para suicidarse. Poco después, los pobladores de la zona, después de contemplar el enigmático espectáculo de estas aves migratorias, buscan sus pequeños cuerpos en la orilla para comer su carne. Esta imagen del documental ecuatoriano Ozogoche (2023) de Joe Houlberg, en su sentido más mÃstico, nos remonta a una famosa cita bÃblica de Juan 6:56-57: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mà permanece, y yo en él».
En un momento de la cinta, la familia protagonista del film, en efecto, come la carne del cuvivà para, después, partir. Sin embargo, la semilla de la migración estaba ya incubada adentro de ellos. De modo que el cuvivà resulta, más bien, una forma de llevar consigo la idea de que la migración no es forzada, sino voluntaria. El cuvivà ha decidido morir, pero no la población que, como una gran ave migratoria, parte en desbandada, ilegalmente, hacia la frontera con Estados Unidos. La diferencia, entonces, entre el rito cristiano de la transubstanciación y el cuasi pagano del cuvivÃ, radica en que el uno es una preparación para la vida, en tanto, el otro, es un acto de fe contra la muerte.
Por eso, don Feliciano, el hombre que recolecta cuvivÃes cada año en las montañas de los Andes, dice que, aunque el cuvivà será devorado por nosotros y nosotros a su vez por los gusanos para convertirnos en polvo, «no entendemos el ciclo». Aceptamos la vida eterna, no al revés. La migración, en Ozogoche, refleja asà la idea de que todo viaje, en el fondo, tiene algo de muerte, pero si llevamos eso a las paupérrimas condiciones vitales de la comunidad del film, el viaje no es solo una condición para encontrarse con uno mismo, como lo serÃa en una pelÃcula de carretera cualquiera, sino que es una obligación para sobrevivir. No es gratuito que el cuvivà decida su muerte en el ancho mar y Sisa, la pequeña niña indÃgena que va hacia Estados Unidos, en cambio, esté por jugarse la vida por lo que podrá encontrar en el ancho y ajeno mundo.Â
Creo que esa es la razón de que la pregunta final que me surge cuando salen los primeros créditos de la pelÃcula es, ¿a dónde pertenecemos? Gabriel GarcÃa Márquez decÃa que somos del lugar donde ponemos un muerto bajo tierra. Tomás Eloy MartÃnez, que somos de donde queremos tirar los huesos. Un migrante cuya infancia habÃa sido destruida por la guerrilla, en cambio, hace años me dijo que uno es de donde se jode. Y quizá, también, o eso quiero creer, uno es de donde uno imagina otra vida posible, una, al menos, un poco distinta de la que nos tocó sin que podamos decidir por cuenta propia.


