Remendar la memoria: Sobre Zinzindurrunkarratz
- 17 abr
- 3 min de lectura

Por: Francisco Álvarez.
En el historial de mi bandeja de entrada me encuentro con un correo de Oskar Alegria presentando con brevedad su nuevo filme. Mientras leo el texto, he cavado en las posibilidades de interpretar el sigilo del mensaje; las películas de Oskar llegan como alegres cartas, colmadas de sutiles sorpresas, que en esta ocasión inician por su título: Zinzin-durrun-karratz.
«Quería compartir con vosotros, un nuevo paseo en mi carrera, otra película, esta vez de título sonoro, Zinzindurrunkarratz, como homenaje al silencio».
Presentada como una arqueología fílmica, Zinzindurrunkarratz es el tercer documental de Oskar Alegria, donde el cineasta pamplonés emprende un viaje a las montañas de la sierra de Andia, espacio donde los antiguos pastores bautizaban a los lugares a través de su escucha. Zinzines un valle donde el viento sopla ligero. Sus letras representan ese sonido en euskera. Durrundurrun es una cima sin final, donde una piedra al caer se pierde en ese lago eco. Y kurrukarratz, el pico en el que siempre golpea el rayo, con su estruendo.
El viaje de Oskar significa una peregrinación a la memoria de su abuelo, de su madre y de aquellos antiguos pastores, que inicia gracias al encuentro de una vieja cámara Super 8 que lleva 41 años sin usarse y que, en la actualidad, solo dispone de cartuchos silentes que se limitan a registrar la imagen. A cada paso, el filme se presenta colmado de fragmentos que se intentan remendar; zurcir un filme es un camino lleno de grietas del recuerdo. Así, el filme se teje como un vagabundeo espiritual que trasciende lo geográfico y se instala en un deambular por la memoria.
Mientras la cámara realiza un registro silente, Oskar graba sonidos sueltos presentados con independencia dentro del filme, estos sonidos funcionan como
pegamento entre imágenes mudas. De esta manera, imágenes mudas y sonidos ciegos dan paso a la arqueología del recuerdo y a la etnografía poética de la memoria, tema recurrente de Alegria, sobre lo que me dice en el correo: —
«No sé si es la técnica o el tema. Como diríamos de un pintor que use óleo o de un escultor que esculpe en bronce o en madera… quizás somos cineastas de la memoria. Trabajamos una materia altamente frágil. Y lo digo sin nostalgias. Cada vez veo más futuro en el pasado. Lo decía a veces en broma pero ha venido a ser real: mi primera película habla de una casa. La siguiente se centró en un árbol y esta última tiene como protagonista un camino. El camino que une la casa con el árbol. Y ahí está toda mi memoria».
Alegria construye la película con un organismo, casi como una respiración, de donde la inhalación funciona dentro del campo visual y la exhalación es representada por el sonido, es decir, primero un pie y después el otro, si de andar se tratase. El film también funciona como una dialéctica de los sentidos, en donde al contemplar la imagen, la escucha descansa y al meditar la sonoridad, la visión reposa. Sin embargo, un tercer sentido se hace presente: el protagonismo táctil, del cual Alegria finalmente expresa:
«Filmar la mano. La materia. El gesto. La piel. Cuando un sentido se apaga otro se activa. Y si desaparecen dos, todo pasa a un tercero. Perdida la imagen, olvidado el sonido, surge algo más mágico: la posibilidad de tocar el recuerdo. Esta película contiene un camino. Pero no está hecha solo con los pies».






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